Los seres humanos somos especialistas en inventar excusas para justificar nuestras faltas y errores. Se nos hace muy difícil admitir cuando nos hemos equivocado. Desde los días de la creación siempre hemos buscado a quien "echarle la culpa". 

En la Biblia vemos muchos ejemplos de esta práctica; el primero lo encontramos en esta escena de Génesis 3:

11 —¿Quién te dijo que estabas desnudo? —le preguntó el SEÑOR Dios—. ¿Acaso has comido del fruto del árbol que te ordené que no comieras?
12 El hombre contestó:
La mujer que tú me diste fue quien me dio del fruto, y yo lo comí.
13 Entonces el SEÑOR Dios le preguntó a la mujer:
—¿Qué has hecho?
La serpiente me engañó —contestó ella—. Por eso comí.

Hoy en día vemos como nosotros, desde los niños hasta los lideres mundiales más prominentes, todavía buscamos excusas para "pasarles nuestras culpas" a otros. Esto ya es parte de nuestra naturaleza pecaminosa y muchas veces ni nos damos cuenta cuando lo hacemos. 

Aún ya siendo Cristianos nuestro orgullo nos puede alejar de Dios y de Su propósito para nuestras vidas.

"Aunque el Señor es grande, se ocupa de los humildes, pero se mantiene distante de los orgullosos." Salmos 138:6
Como humanos imperfectos que somos nos equivocamos constantemente. No importa cuan sabios, inteligentes o educados en la Biblia seamos, nuestra naturaleza pecaminosa nos hace fallar vez tras vez.

"Si afirmamos que no tenemos pecado, lo único que hacemos es engañarnos a nosotros mismos y no vivimos en la verdad;" 1 Juan 1:8

Una de nuestras fallas más grandes es que a causa de nuestro orgullo muchas veces no reconocemos, o tardamos en reconocer, nuestros errores. Esto nos lleva a vivir una "falsa vida", un espejismo que nos aleja de la voluntad de Dios al creer que estamos bien cuando en realidad estamos muy mal.

Cuando finalmente nos humillamos y reconocemos nuestras ofensas delante de Dios, recibimos perdón y somos restaurados a esa vida plena que Jesús nos ha prometido. Volvemos a caminar en Su voluntad y a gozarnos en cumplir con Su propósito para nuestras vidas.

Te exhorto a tomar un tiempo para reflexionar en esas cosas que te han estado alejando de Dios. Ven delante de Él con humildad, confiésale tus pecados y recibe ese perdón que tanto anhelas y necesitas.

"Pero si confesamos nuestros pecados a Dios, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad." 1 Juan 1:9

Te dejo con este pensamiento: "La distancia entre Dios y nosotros la determina nuestro arrepentimiento."

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Por Emanuel Betances / Se permite la reproducción citando la fuente
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Juan 3:16 es, sin lugar a dudas, uno de los versos más famosos en la Biblia; aquí el propósito del Padre al enviar a Su Hijo Jesús a la tierra es revelado: "Pues Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna."

Cuando conocemos a Jesús y le hacemos Señor de nuestras vidas, no sólo recibimos perdón por nuestros pecados sino que también recibimos vida eterna. ¡Si!, ¡vida eterna! Esto es motivo de gran gozo y esperanza, ¿verdad?

Lamentablemente hay otro verso en la Biblia que, aunque creo que todo Cristiano lo ha escuchado, no todos lo creemos o lo entendemos. Es ese pasaje en Mateo 28:19 que se conoce como la Gran Comisión; aquí es donde Jesús antes de ascender a los cielos les dice a Sus discípulos: "...vayan y hagan discípulos de todas las naciones..."